El dueño de Moisés [Lento #39, junio 2016]

Texto: Francisco Álvez Francese, Foto: Federico Gutiérrez

El día de su estreno, Moisés y los diez mandamientos fue trending topic en Twitter. Por supuesto que gran parte de esto se debió a la efusiva propaganda de un gran número de presentadores, periodistas y actores que trabajan en Canal 10, señal que emite en nuestro país la telenovela brasileña. Así, entre tweets como el de Karina Vignola o el efusivo de Alberto Sonsol, uno llamaba particularmente la atención, y no sólo por su sintaxis. Decía “Prepárese en instantes (21:45), comienza: Moises y Los Díez Mandamientos. Por el Canal 10 Uruguay!”.


El tweet, que si bien no difería mayormente del resto en contenido, tenía una peculiaridad, su emisor: la cuenta oficial de la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD) en Uruguay. Los días consecutivos, mientras Sara Perrone manifestaba su ansiedad por el segundo capítulo e Iñaki Abadie se mostraba impresionado por la calidad de la producción, @IURDUruguay anunciaba cada tarde el episodio de esa noche (también desde su cuenta de Facebook), con énfasis, por un lado, en su cualidad de ser “una novela para toda la familia” y, por otro, en su inmensa popularidad, que en su país hizo que el 18 de setiembre del año pasado batiera un récord de audiencia, superando por primera vez en 40 años a la novela estrella de la emisora Globo.

Sorprendido en mi candidez por la reiteración de un mensaje que, en principio, parece ajeno a la realidad de una iglesia (más allá del tema de la telenovela, de origen bíblico), hice una brevísima búsqueda que reveló datos inquietantes. La serie, que en su versión original se llama significativa y escuetamente Os Dez Mandamentos, es una producción de RecNov y Casablanca, que se transmitió originalmente en la Rede Record. Bastan un par de clicks para descubrir que esta red, que es el segundo canal más visto, pertenece desde fines de los 80 a Edir Macedo, hoy propietario del 90% de la compañía (el restante 10% es de Ester Bezerra, su esposa). Edir Macedo es, además de un exitoso empresario, el más importante líder espiritual de Brasil, fundador en 1977 de (no es difícil adivinarlo a esta altura) la Igreja Universal do Reino de Deus.

Alcanza con tomarse un par de ómnibus, pongamos, desde la Terminal Baltasar Brum hasta Parque del Plata para ver, a ambos lados, tanto de la Ruta Interbalnearia como de la avenida Giannattasio, decenas de pequeñas, medianas y muy grandes iglesias evangelistas. Basta andar por 18 de Julio o recorrer los barrios montevideanos periféricos para hacer la misma comprobación. Y es que, desde hace años y de forma más o menos disimulada, distintas variantes del cristianismo vienen ganando en popularidad. La IURD (más conocida entre nosotros por uno de sus eslóganes, Pare de Sufrir), con su logo que es un corazón con una paloma blanca, es sin lugar a dudas una de las más extendidas, con una inmensa sede central en la capital y casi 60 templos menores distribuidos en los 19 departamentos.

Cuando la “Catedral de la Fe” se inauguró, en 2013, Edir Macedo estuvo en nuestro país y más de 6.000 creyentes lo acompañaron. Esto no es nada si se piensa que los libros que el autoproclamado obispo ha escrito llevan más de 10 millones de ejemplares vendidos, que su blog recibe más de cuatro millones de visitas mensuales y que sólo en Brasil su iglesia tiene casi dos millones de fieles y 6.500 templos; pero es mucho si pensamos que 6% de la población de nuestro país se considera evangélica (dentro de esto, apenas 2% dice ser pentecostal, movimiento al que pertenece la IURD).

F001_LENTO#39_RECIENTES_MOISES_FOTO_F_GUTIERREZ_1060294

“La más grande historia hecha novela”, dice el afiche promocional. La serie sigue, de este modo, una nueva y popular forma de hacer televisión en Brasil: el subgénero conocido como “teledramaturgia bíblica”, que inició en 2010 con la miniserie La historia de Ester, escrita, como Rey David (de 2012), José de Egipto (de 2013) y algunos capítulos de Milagros de Jesús (de 2014), por Vivian de Oliveira, autora exclusiva de Record. Moisés, cuya primera temporada fue estrenada en 2015, se ha convertido en la primera serie del subgénero de larga duración y, además, tiene algunas otras particularidades.

En una entrada del blog de Macedo en la que hace una lectura completamente sesgada y un poco adúltera de la historia de Moisés (este tipo de lecturas son comunes en él, basta ver la polémica en torno al aborto y su disparatada interpretación de un pasaje del libro del Eclesiastés), aprovecha para hacer propaganda de la superproducción de su propio canal y sostiene que “la primera novela del mundo basada en una historia bíblica será una oportunidad no sólo para conocer más sobre la fe, las costumbres judías, o cómo un pueblo dominado por un imperio opresor logró superarse y formar su propia nación, sino además para hacer del living del espectador una gran sala de cine, en la cual todos podrán reunirse e identificarse con los distintos personajes sin ninguna vergüenza. Al contrario de muchos programas, películas y novelas, que en lugar de aproximar, destruyen a la familia”. La afirmación es, cuanto menos, cuestionable.

Ésta no es la primera novela del mundo basada en una historia bíblica, ni siquiera de Brasil (El Ruiseñor de Galilea la antecede por casi 50 años). Pero, sobre todo, vale pensar un poco las oraciones finales. Incluso los críticos más entusiastas han remarcado la función evangelizadora de este tipo de telenovelas, que, según algunos, hace que se parezcan más a un aula de religión que a una serie televisiva. Recientemente, vivimos un suceso parecido con las críticas que, desde Argentina sobre todo, acompañaron los estrenos en el continente de las series Las mil y una noches (originalmente emitida entre 2006-2009) y ¿Qué culpa tiene Fatmagül? (de 2010-2012), en los que muchos vieron un plan para mejorar la visión de la opinión pública con respecto a Turquía, cuando se cumplían 100 años del genocidio armenio, todavía no reconocido por ese país.

Es difícil no ver en Macedo, un hombre que estuvo preso en 1992 por curanderismo y charlatanería y que se ha dedicado a perseguir a las religiones afrobrasileñas bajo las mismas acusaciones, que fue denunciado por lavado de dinero y evasión de impuestos y reconocido por la revista Forbes como el pastor más rico en un país de muchos pastores como es Brasil, que ha basado su religión en lo que se conoce como teología de la prosperidad (que argumenta que un buen estado financiero es voluntad divina que se puede aumentar mediante donaciones a los ministerios cristianos), motivos más materiales que la concordia familiar. Es imposible eludir la cantidad de parlamentarios que justificaron el impeachment a Dilma Rousseff nombrando a Dios. Es imposible eludir las efusivas prácticas políticas que en su país viene impulsando la IURD, que tiene representantes desde mediados de los 80. Ayer sustento de Lula, recientemente respondió negativamente a Dilma su pedido de ayuda para revocar el proceso.

Hace un año sostenía Francisco Faig sobre la existencia en nuestro país de una bancada evangelista que se declaraba defensora de la Ley de Dios: “Si los blancos van a ceder, por la tentación de hacerse de votos a través de legitimidades sociales-religiosas novedosas y distintas, en principios políticos tan elementales, llegará un día en que esa bancada cristiana termine por dictar su ley política”.

Tal vez sea muy tarde ya para Brasil. Para nosotros todavía no. Macedo entendió la necesidad de expansión política casi a la vez que el poder de la televisión (que se diferencia del cine, por más que él los quiera vincular, en el sentido en que la tele forma parte activa de nuestras vidas cotidianas, está literalmente dentro de nuestros hogares) y huelga explicar las ventajas que tiene hacerse con el control interpretativo de una de las figuras más importantes de la tradición religiosa, principal en el judaísmo pero fundamental a la vez para cristianos y musulmanes. Hechos tan aparentemente banales como el estreno de una serie o la reciente presentación de Univer (conocido como “el Netflix cristiano”) son también llamados de atención, alertas. Sólo la lectura personal y atenta de los textos puede salvarnos de la hegemonía del pensamiento, sólo su comentario y la postura crítica pueden, como Moisés a los judíos, liberarnos de los tiranos.


Publicado

en

por